Tiempo Santander

La región y sus ayuntamientos.

Desde la Alta Edad Media, las más antiguas referencias que sobre el territorio de Cantabria han llegado hasta nosotros ponen de manifiesto que el solar de la región estaba entonces articulado en diversas comarcas naturales, en buena medida superponibles a las viejas divisiones tribales de los tiempos cántabros y romanos: Liébana, Allega, Caornega, Olma, Egunna, Campo Pau, Val de Ripa Hibre, Trasmiera, Carriedo, Pas, Sauba... Las crónicas refieren cómo fueron repobladas por Alfonso I, con gentes traídas de la Meseta, tras sus incursiones por el valle del Duero. Debió de ser entonces cuando se consumó la aculturación romanizante y cristianizadora sobre los habitantes de los recónditos valles de Cantabria, si bien existen testimonios arqueológicos y documentales de la presencia y predicación previa en estas montañas de misioneros visigodos.
Todo el territorio se cubrió de pequeños monasterios, muchos de ellos familiares, más abundantes en torno a las rutas de comunicación y sobre la franja costera, siempre más pródiga en recursos, iglesias que desempeñaron un papel capital en la organización de la sociedad.
Durante la transición entre los siglos XII y XIII, el rey Alfonso VIII decidió la promoción demográfica y económica de la fachada marítima del reino de Castilla, entonces básicamente limitada a la costa de Cantabria, mediante la asignación de fueros a cinco de sus villas: Castro Urdiales (1173?), Santander (1187), Laredo (1200), Santillana (1209) y San Vicente de la Barquera (1210). Simultáneamente al otorgamiento de tal condición privilegiada, el mismo rey promulgó el Estatuto de Naufragios (1180) y reguló el estratégico comercio de la sal (1203), lo que tuvo como consecuencia, de un lado, la salvaguarda del comercio marítimo y, de otro, el incremento de la actividad pesquera, al facilitar su conservación y consecuente comercialización a distancia.
El creciente poder económico y militar de los puertos de Cantabria consolidó los ámbitos jurisdiccionales marítimos otorgados por los fueros, de modo que, sumados los tramos de costa asignados a cada una de las villas portuarias, coinciden casi exactamente con el litoral actual de la región cántabra. Por su parte, la única villa aforada no portuaria, Santillana del Mar, se constituyó, junto a su abadía, en capital de la mayor de las merindades en que la Corona estructuró la región, precisamente nombrada de las Asturias de Santillana. Los otros distritos administrativos en que fue articulado el territorio se conocieron como merindades de Liébana, Campoo, Trasmiera y Vecio, además de la jurisdicción de los montes de Pas y los señoríos de Ruesga, Soba y Villaverde. Prácticamente la totalidad del actual territorio regional era conocido durante los siglos XIII y XIV bajo el apelativo común de ‘Peñas de Amaya fasta el mar’, nombre en que pudiera percibirse implícita una alusión a la antigua Cantabria combatida por los visigodos.
El desarrollo del sistema de corregidores, a lo largo del siglo XV, culminó durante el reinado de los Reyes Católicos, quienes dieron forma definitiva al Corregimiento de las Cuatro Villas de la Costa de la Mar con Trasmiera, nombre que oficialmente ostentó la mayor parte de la región hasta el final del Antiguo Régimen y la implantación del Período Constitucional. Paralelamente a la articulación del territorio en Merindades o Corregimientos por parte de la Corona, los habitantes de los valles montañeses habían organizado la administración de los asuntos comunes en estructuras participativas escalonadas. Cada parroquia solía conformar un concejo, constituido por la totalidad de los vecinos, que elegían cada año los órganos administrativos y al procurador que les representaba en la junta del valle respectivo. A su vez, esas juntas designaban al diputado o diputados de valle que les representaba en las juntas, hermandades o provincias superiores. Tal autonomía de gestión hubo de ser defendida, contra la pretensión de algunos grandes señores del reino, con la fuerza de las armas o mediante largos pleitos, en los que generalmente los tribunales otorgaron la razón a los valles.
La complejidad jurisdiccional propia del período histórico medieval y moderno, en que el territorio de cualquier región española o europea estaba fragmentado en multitud de ámbitos jurisdiccionales, no sólo yustapuestos, sino también superpuestos o solapados, se dio igualmente en Cantabria, aunque cabe distinguir alguna particularidad a tal respecto; así, por ejemplo, la extendida condición de hombres y lugares de behetría durante la Edad Media, que aquí proporciona la más alta concentración de toda España, o la condición de hidalguía de la mayor parte de sus habitantes en la Edad Moderna, también la más alta de la Península Ibérica, con mucha diferencia.
Desde el siglo XVI, con la recuperación de los textos clásicos, se desencadenó una polémica sobre la ubicación y límites de la Cantabria que luchó contra Roma, motivada por el empeño de algunos eruditos vascos en fundamentar sus fueros en tan lejana epopeya. No obstante, desde el principio hubo conspicuos historiadores, como el aragonés Jerónimo de Zurita, que los supieron fijar con precisión, así como los más importantes cronistas montañeses de entonces: Juan de Castañeda, Fernando Guerra de la Vega, el padre Sota o Pedro Cossío y Celis.
Concluida la Guerra de Sucesión y llegada la Dinastía Borbónica, la Hermandad de las Cuatro Villas de la Costa con Trasmiera ganó a la Real Hacienda, tras diez años de pleito, el derecho a mantener la franquicia para las importaciones (1726). Éste fue uno de los principales motivos para que se decantara la voluntad de integrar a todas las jurisdicciones de la región en una gran federación representativa a la que denominaron Provincia de Cantabria (1727), que debería de incluir a más de seiscientos concejos; iniciativa que, después de diversos avatares, cristalizó en 1778 y consiguió la aprobación de Carlos III al año siguiente. Para entonces, la mayor parte de la región ya había logrado emanciparse de la jurisdicción eclesiástica del arzobispado de Burgos, acogida al nuevo obispado de Santander (1754), y la propia Corona había puesto las bases de la autonomía de gestión y promoción económica al habilitar este puerto para los tráficos con América (1765 y 1778) y crear el Consulado de Mar y Tierra de Santander, con jurisdicción sobre toda la región. También en el ámbito militar se había dado el salto desde las viejas milicias concejiles a la organización del Regimiento de Milicias Provincial, que primero se llamó de Cuatro Villas, luego de Santander y por fin de Laredo.
En 1801 se creó la Provincia Marítima de Santander, a la que durante la dominación francesa se denominó Departamento de Cabo Mayor y Prefectura de Santander. Jurada la Constitución de Cádiz en 1812, se constituyó la primera Diputación Provincial Constitucional y, ya en 1816, se restableció la Provincia Marítima de Santander. En la propuesta elevada a las Cortes durante el Trienio Liberal se denominaba a toda la región como Provincia de Cantabria, articulada en 123 ayuntamientos. No obstante, sería en 1829 cuando se iniciaría el proceso de conformación definitiva del territorio regional, culminado en el decreto de 30 de noviembre de 1833 por el que se creaban las actuales provincias españolas. Sin embargo, fue preciso llegar al último tercio del siglo XIX para que acabaran de ajustarse el número y límites de los 102 ayuntamientos que hoy conforman el territorio regional. Así ha llegado esta provincia hasta la Constitución de 1978, mediante la que se instituyó el Estado de las Autonomías, en cuyo seno se reconoció a esta región la condición de Comunidad Autónoma Uniprovincial bajo el nombre de Cantabria, mediante la Ley Orgánica aprobada por las Cortes Generales el 30 de diciembre de 1981.
A lo largo del extenso proceso histórico esbozado, la región de Cantabria, como cualquier otra, ha experimentado diferentes formas de articulación interna de sus modos de convivencia y relación con el medio geográfico, así como el desarrollo de diversos modelos económicos y sociales, pero siempre sobre la rotunda presencia y el condicionante de una misma realidad topográfica, cuyos límites han permanecido sensiblemente idénticos en el transcurso del tiempo.
Pudiera parecer que la actual articulación política y administrativa de la región de Cantabria es algo que no tuviera más de ciento cincuenta o doscientos años de existencia, es decir, algo que se conformó mediante la aparente novedad de la creación administrativa de la Provincia Marítima de Santander (1801) y su posterior estructuración en ayuntamientos constitucionales (1822-1835). Pero nada más lejos de la realidad. De hecho, es evidente que los perfiles de aquella provincia se correspondían con el núcleo más permanente del conjunto de comunidades que, a lo largo de muchos siglos, se reconocieron a sí mismas como partícipes de una misma identidad. Por otro lado, es fácil constatar que los actuales límites municipales generalmente coinciden con los de los antiguos valles, juntas o hermandades, o bien fracciones proporcionales de tales entidades. No hay excepción respecto al fenómeno de que el término de cada ayuntamiento coincida exactamente con el territorio de uno, o la suma de varios, de los antiguos concejos.
En definitiva, se impone reconocer la evidencia de que el presente se sustenta sobre las profundas y densas formas decantadas por el pasado, mucho más presentes en nuestras vidas de lo que las apariencias, o más bien una mirada superficial, puedan manifestar.
José Luis Casado Soto
Director del Museo Marítimo del Cantábrico

Fotos de Cantabria y sus Municipios……………

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